Mur Arbak's flashback
Scene from the book The Pillars of Sanyahona (Spanish version)
Mur llegó a casa con una extraña sensación en el pecho. Se detuvo en la entrada y pensó. – Bah, ¿qué me pasa?- No entendía por qué estaba triste. En todo el tiempo que transcurrió antes, durante y después de la guerra, nunca experimentó algo similar. No había convivido con nadie desde su niñez, y el tener que separarse de su pequeño compañero, le evocaba algo poderoso.
Richard, entre tanto, se encontraba desmalezando su huerto. Ya dominaba varias técnicas de trabajo de la tierra y de cómo sembrar. Había aprendido mucho desde que comenzó a vivir con Mur.
Los rayos del sol golpeaban fuertemente el valle a esa hora. El calor hacía incomodo trabajar. Por eso los pulak practicaban la agricultura muy temprano en la mañana o cerca de la puesta del sol, ya que su pelaje les jugaba en contra durante la estación cálida.
Mur caminó a la parte trasera de la casa y divisó a Richard. Siendo su guardián, siempre se preocupó de su seguridad, al principio de manera obligada, pero ahora, básicamente por el afecto paternal que el chico despertó en él. Como hacía calor, el pulak se despojó de su uniforme, quedando con su típico taparrabo. Que frescura sentir viento en los pelos de la piel, pensó para sí.
El humano había hecho una pausa para descansar. Mur se acercó al huerto con la intención de hablarle. No estaba seguro que decir, nunca había sido bueno con las palabras, pero creía que el chico le entendería.
¡Hola humano! Tus siembras han crecido mucho. ¡Me siento feliz por eso!— espetó el pulak sonriendo. Richard, devolviendo el gesto, respondió:
-Ha sido gracias a lo que me enseñaste.
Mur no esperaba esa respuesta. Se quedó mudo, mirando el suelo. Richard, conociendo la poca facilidad de palabra de su anfitrión, le animó a continuar:
-¿Cómo te fue con Narset?
Mur trató de esbozar una respuesta, pero no lo consiguió. Su mirada se dirigió hacia el bosque colindante. Richard notó preocupación en ella. Se puso de pie y se acercó al pulak. Su pequeña figura contrastaba con la de Mur. Éste inclinó la cabeza para mirarle.
-Debo decirte algo, pero tengo calor y supongo que tú también. Prefiero caminar al bosque, es más fresco.
Richard no había escuchado a Mur hablar con ese tono de voz hacía mucho tiempo. Habitualmente el pulak estaba bromeando, jugando, o gruñendo cuando se enojaba. O le daba instrucciones de cómo hacer esto o aquello, o cuando alardeaba de sus victorias en la guerra o en la lucha. Incluso Richard había aprendido a interpretar muy bien el lenguaje corporal del pulak. Pero ahora estaba desconcertado, creyó percibir tristeza en la voz y en la postura de su guardián.
–Sí, como quieras- respondió.
Mientras caminaban, Richard pensó preguntarle directamente que ocurría. Qué había pasado en su encuentro con Narset. Pero se contuvo. Su instinto le hizo guardar silencio. La figura de Mur, siempre esbelta para Richard, ahora tenía un gesto distinto. El pulak no caminaba completamente erguido, miraba el suelo. Cuando arribaron a la sombra de los primeros árboles, Mur se detuvo, infló sus pulmones y exhaló profundamente emitiendo un corto rugido. Luego se volteó hacia Richard y le dijo:
- Deseo seguir caminando, luego regresamos a casa- El muchacho sin decir nada, asintió con la cabeza.
El pulak se agachó y extendió la mano hacia Richard diciendo -¿Te subes o te subo yo? – Ja ja, ¡yo me subo!- exclamó el humano. Mur no pudo evitar sonreír. Ya era una costumbre para él llevarlo en la comodidad de sus hombros. Cuando Richard llegó arriba, Mur se irguió de nuevo y comenzó a caminar lentamente, como meditando cada paso.
Ambos permanecían en silencio. Richard, de pronto, se encontró pensando sobre los pulak, lo extraños y a la vez fantásticos seres que son. Sobre su inexplicable comportamiento de género, y la simpleza con la que enfrentan la vida. Esbozó una sonrisa al pensar lo mucho que había cambiado su opinión sobre ellos desde que arribó a este lugar. Teniendo la enorme cabeza de Mur entre las piernas, solo pensaba que ocurriría si el resto del mundo supiera de la existencia de estas formas de vida, de este planeta. Era claro que la pregunta sobre la soledad del hombre en el universo, había sido contestada, pero el único que sabía la respuesta, no podía comunicarla al mundo.
Mur, caminaba sin rumbo fijo. Ya no sentía a Richard en sus hombros, estaba habituado a tenerlo ahí. Recordó la primera vez que lo vio, cuando Narset se lo entregó ordenándole ser su guardián. Mur lo tomó como un trabajo habitual, sin preocuparse siquiera de hacer algo más que mantenerlo con vida. No permitió que sus rutinas cambiaran por culpa del cachorro. Recordó el desdén y el desprecio con el que lo trató al principio, así como también la forma en que esta extraña criatura se fue ganando su afecto. Porque ahora, después de vivir tanto tiempo juntos, un fuerte lazo de cariño paternal propio de los pulaks, es lo que Mur sentía por Richard.
Mientras caminaba, Mur percibió que Richard acariciaba su cabeza, y una de sus orejas. El pulak cerró sus ojos un instante sin dejar de avanzar. El humano hace tiempo había dejado de ver a Mur como un “enemigo”. A medida que fue comprendiendo como se comportaban estas criaturas, dejo de temerles y fue introduciéndose poco a poco en su mundo. Había pasado del temor y el desprecio inicial, hacia el respeto y la amistad.
-Cuando era cachorro, vivía con mi madre, como todos los pulaks- dijo de pronto Mur. -Pero durante la guerra, un dragón atacó la aldea donde vivíamos. Casi todas las hembras y sus cachorros fueron muertos. Mi madre se interpuso entre el dragón y yo cuando nos atrapó. Ella murió defendiéndome. Yo sobreviví porque me cayeron escombros y quede inconsciente. Luego, dragones del bando contrario, me recogieron y me ayudaron. Nunca tuve lo que mis amigos de Amurga tuvieron. Nunca.-
En ese instante Mur dejó de caminar. Mientras miraba la espesura del bosque, suspiró profundamente. Richard estaba atónito. No sabía cómo reaccionar, ni que decir ante tal revelación. Luego de un instante, Mur continuó:
-Muy pocos saRichard esto. Únicamente los que están aquí… dentro- señaló, mientras ponía una mano en su pecho. Richard, que estaba sentado sobre los hombros, podía sentir la respiración del pulak agitada. De pronto éste, alzando la mirada, emite un fuerte rugido, el más largo y sonoro que el humano le haya escuchado a su guardián. El muchacho se asustó. La respiración del pulak seguía agitada. Richard trató de zafarse de sus hombros e intentar bajar, pero Mur rápidamente, le sujetó con su mano, y en voz baja le dijo:
- No te asustes-. Pasaron algunos minutos, antes que todo volviera a la calma. Mur ya no se sentía agitado. Richard, aún ignoraba que decir o que hacer. Hace un rato le había acariciado en la cabeza, pero ahora no estaba seguro de volver a hacerlo. El pulak, dando unos dubitativos pasos hacia atrás, se irguió en toda su estatura y luego, retomó su pesada marcha. Richard trataba de asimilar lo que había escuchado, pero aún no se atrevía a decir nada. Esperaba que Mur le contara lo que había hablado con el dragón.
-Perdón si te asusté- dijo de pronto Mur. -Te pido no cuentes a nadie lo que he dicho-. Richard, un poco sorprendido, replicó: -No, no tienes que disculparte. No le diré a nadie, no te preocupes-. El sinceramiento del pulak conmovió al humano, quien luego de una pausa, agregó: -Lamento mucho lo de tu madre. En verdad lo siento amigo- y, una vez más, volvió a acariciar su cabeza, como quien acaricia a una mascota. Reclinándose sobre ella, le dijo al oído: -Lo siento.
Delante, había un tronco de árbol caído. Mur se detuvo frente a él y se agachó para que Richard descendiera. El cachorro humano se paró sobre el madero, quedando su cara frente a la de su guardián.
-Quiero decir, ahora tú eres familia para este pulak- sentenció Mur mientras volvía a poner un puño en el pecho. Tras escuchar estas palabras, Richard bajó la mirada. Jamás hubiese imaginado que ese oso con cara de perro, tan arisco y bruto, podría decir tales cosas. Muchos pensamientos y sensaciones pasaban por su cabeza. No le era fácil ordenar las ideas.
-Bueno, cuando llegué aquí, estaba asustado, mucho. Me sentía solo. Muchas veces pensé en matarme, ¿sabes? Ilaria fue la única que me hizo sentir mejor. Me enseñó hablar como los pulak. Me trató con respeto y con mucho cariño. Pero ella estaba enferma y… Se fue, se fue muy rápido. Luego me trajeron contigo. El resto de la historia, tú ya la sabes…- Antes de que Richard terminara, Mur lo interrumpió: - Yo estaba furioso porque Narset me obligó a vivir contigo, yo no quería estar con nadie. Pero ahora, estas aquí dentro. Y no quiero que te vayas.
Al escuchar esto, Richard cerró los ojos, reconociendo el afecto que también sentía por Mur. Suspiró, y no pudo evitar la emoción. Alzando la vista, se percató que el pulak lo miraba con una leve sonrisa. Aquello también le hizo sonreír. Y en un espontáneo arrebato, se abalanzó sobre su guardián tratando de abrazarlo. Pero el cuerpo de Mur era demasiado ancho. Así, fue el propio pulak quien envolvió a Richard en sus brazos jalándolo contra sí. Ante tal muestra de cariño, el humano señaló:
-Eres la única familia que tengo desde que llegué a este mundo. Gracias grandote-. Mur posó su nariz con suavidad en la cabeza de Richard, impregnando su olfato de ese olor, tan familiar y ahora tan querido para él. El viento suave agitaba las ramas de los árboles del bosque, haciendo que la luz y la sombra jugaran sutilmente sobre aquellas dos figuras, fundidas en un sincero y cálido abrazo. Permanecieron así, un largo rato. Richard tenía los ojos cerrados, y por un instante, el calor de ese gesto genuino, le hizo olvidar el dolor, la pena y la angustia. Por primera vez en mucho tiempo, Richardito Acosta se sentía libre de aquellos sentimientos, como si su guardián fuera capaz de ahuyentarlos también.
Para Mur, aquello era la expresión del cariño que el muchacho había despertado, sin quererlo, en su corazón. Como cuando otros brazos le cobijaron a él, en ausencia de su madre, y ahora, le devolvía ese gesto a la vida.
Tras un largo rato, el pulak liberó a Richard. Este, aún emocionado, le dio las gracias por todo lo que había hecho y enseñado. Porque, obligado o no, Mur siempre se preocupó por él. Aunque Richard, al principio, cegado por la angustia y el dolor, no dejaba espacio sino para el temor y el desprecio.
-Yo también debo pedir perdón, no siempre pensé bien de ti. Pero poco a poco fui entendiendo que era yo quien debía adaptarme a tu mundo. Al pasar el tiempo, comencé a apreciarte, te veía ganar y perder en tus juegos deportivos, pero siempre luchabas con pasión. Hasta tus bromas me recordaban a veces que valía la pena vivir esta aventura. Gracias.
Mur sonrió por un instante, y colocó su mano sobre la cabeza de Richard, revolviendo sus cabellos cariñosamente. Pero su semblante cambió de pronto al señalar: - Ahora Narset dice que debes irte con los tarunel. Que ya no necesitas estar conmigo-. Tras afirmar esto, dio media vuelta y se sentó pesadamente sobre el tronco. Richard, luego un instante, se sentó también junto a él. Ambos miraban el suelo. El pulak con los pies en tierra, y el humano con los suyos colgando.
-Ya lo sabía. Irena, esa criatura tarunel y Narset me lo dijeron. Ellos vinieron por mí.- Mur, quien parecía un poco sorprendido, le miró incrédulo.
- ¿Lo sabías?
- Sí. Los tarunel hablan mi idioma, y Narset cree que ellos pueden ayudarme a entender por qué estoy aquí.
- Y ¿tú también lo crees?
- Sí
- Hmmm… En otro momento me hubiese alegrado por esto. Pero ahora no puedo. – Dijo de pronto el pulak.
Richard, comprendiendo el ánimo de su guardián, le dijo:
- Esto es algo que necesito hacer grandulón. Estaré bien. Debo saber si podré alguna vez regresar a casa.
Mur guardó silencio. Ahora que realmente le importaba el cachorro, debe dejarlo ir. Le preocupaba su seguridad. No conocía a los tarunel profundamente ni tampoco tenía amigos en esas regiones. Pero supuso que Narset jamás haría algo que pusiera en peligro a Richard. Luego de un rato, el pulak volvió a hablar.
- Muy bien cachorro, entonces vete, y espero que encuentres lo que buscas-. Tras decir esto, se levantó y comenzó a caminar de regreso a la casa, dejando al muchacho atrás. Richard, un tanto sorprendido con la molestia del pulak, se quedó un rato en silencio. Al mirar a Mur, comprendió finalmente el motivo de su postura cabizbaja. Era la expresión de tristeza por tener que separarse de él. – ¿De verdad está así porque me voy?, ¿Tanto le importo ahora? Mi familia debió quedar igual cuando me fui- pensó Richard para sí ¡por Dios!
Una angustia tremenda comenzó a invadirlo al evocar a sus padres. Ver a su amigo triste, le hizo pensar por primera vez, en el dolor que, seguramente, sintió su familia humana al perderlo. Con esa sensación dentro de sí, saltó del tronco y se aproximó unos pasos hacia Mur.- ¡Espera!- le gritó. – ¡No me iré para siempre, déjame hacer este viaje y volveré contigo! - Tras oír esto, el pulak se detuvo, dio media vuelta y observó que el muchacho tenía el puño en el pecho.
– ¡Porque tú también estás aquí!- Ante el gesto y esas palabras, el gran soldado y orgulloso luchador Mur Arbak no pudo evitar la emoción. Cerró sus húmedos ojos un instante y esbozó una leve sonrisa. Luego, suspiró profundo antes de decir:
¡Grrrr muy bien humano!- Anduvo unos pasos hacia Richard, sonriente.
Cuando estuvieron frente a frente, se agachó a la altura de su protegido, quién, poniendo la mano en su hocico, le señaló: - Es una promesa, grandulón-. Mur asintiendo con la cabeza, y en un gesto espontáneo de afecto, lamió toda la cara de Richard. El muchacho, quien nunca había recibido un lengüetazo tan húmedo, exclamó en su idioma – ¡Chucha! ¿Era necesaria esta mierda? - Pero como Mur no entendió, pensó que estaba bien, e intentó seguir lamiéndolo. Sin embargo, el humano lo detuvo con las manos. – ¡Tranquilo amigo! - Le dijo al pulak cordialmente. Éste, aún excitado, agarró a Richard y lo puso sobre uno de sus hombros. – ¡Volvamos a casa! - exclamó mientras reiniciaba el regreso al hogar con el muchacho a cuestas. Richard, por primera vez, no protestó. Ya se había acostumbrado a estos gestos de “cariño” de su bruto guardián. Mientras miraba los pies del pulak avanzar en el suelo, nunca pensó que podía llegar a convertirse en alguien tan importante para él. Esto, y el próximo viaje con los tarunel, le daban cierta esperanza de recobrar nuevamente el sentido de vivir en ese planeta. Para Mur, saber que su cachorro también lo quería, y que volvería a verlo, le ayudaba aún más a superar esa sensación de abandono, forjada en la sombra de su terrible pasado. Aunque le preocupaba su seguridad, ya no temía perderlo. Porque finalmente, sentía algo que nunca había experimentado con alguno de sus amigos: Que juntos, eran una verdadera familia.
Art by Nicolás Peña
Mur llegó a casa con una extraña sensación en el pecho. Se detuvo en la entrada y pensó. – Bah, ¿qué me pasa?- No entendía por qué estaba triste. En todo el tiempo que transcurrió antes, durante y después de la guerra, nunca experimentó algo similar. No había convivido con nadie desde su niñez, y el tener que separarse de su pequeño compañero, le evocaba algo poderoso.
Richard, entre tanto, se encontraba desmalezando su huerto. Ya dominaba varias técnicas de trabajo de la tierra y de cómo sembrar. Había aprendido mucho desde que comenzó a vivir con Mur.
Los rayos del sol golpeaban fuertemente el valle a esa hora. El calor hacía incomodo trabajar. Por eso los pulak practicaban la agricultura muy temprano en la mañana o cerca de la puesta del sol, ya que su pelaje les jugaba en contra durante la estación cálida.
Mur caminó a la parte trasera de la casa y divisó a Richard. Siendo su guardián, siempre se preocupó de su seguridad, al principio de manera obligada, pero ahora, básicamente por el afecto paternal que el chico despertó en él. Como hacía calor, el pulak se despojó de su uniforme, quedando con su típico taparrabo. Que frescura sentir viento en los pelos de la piel, pensó para sí.
El humano había hecho una pausa para descansar. Mur se acercó al huerto con la intención de hablarle. No estaba seguro que decir, nunca había sido bueno con las palabras, pero creía que el chico le entendería.
¡Hola humano! Tus siembras han crecido mucho. ¡Me siento feliz por eso!— espetó el pulak sonriendo. Richard, devolviendo el gesto, respondió:
-Ha sido gracias a lo que me enseñaste.
Mur no esperaba esa respuesta. Se quedó mudo, mirando el suelo. Richard, conociendo la poca facilidad de palabra de su anfitrión, le animó a continuar:
-¿Cómo te fue con Narset?
Mur trató de esbozar una respuesta, pero no lo consiguió. Su mirada se dirigió hacia el bosque colindante. Richard notó preocupación en ella. Se puso de pie y se acercó al pulak. Su pequeña figura contrastaba con la de Mur. Éste inclinó la cabeza para mirarle.
-Debo decirte algo, pero tengo calor y supongo que tú también. Prefiero caminar al bosque, es más fresco.
Richard no había escuchado a Mur hablar con ese tono de voz hacía mucho tiempo. Habitualmente el pulak estaba bromeando, jugando, o gruñendo cuando se enojaba. O le daba instrucciones de cómo hacer esto o aquello, o cuando alardeaba de sus victorias en la guerra o en la lucha. Incluso Richard había aprendido a interpretar muy bien el lenguaje corporal del pulak. Pero ahora estaba desconcertado, creyó percibir tristeza en la voz y en la postura de su guardián.
–Sí, como quieras- respondió.
Mientras caminaban, Richard pensó preguntarle directamente que ocurría. Qué había pasado en su encuentro con Narset. Pero se contuvo. Su instinto le hizo guardar silencio. La figura de Mur, siempre esbelta para Richard, ahora tenía un gesto distinto. El pulak no caminaba completamente erguido, miraba el suelo. Cuando arribaron a la sombra de los primeros árboles, Mur se detuvo, infló sus pulmones y exhaló profundamente emitiendo un corto rugido. Luego se volteó hacia Richard y le dijo:
- Deseo seguir caminando, luego regresamos a casa- El muchacho sin decir nada, asintió con la cabeza.
El pulak se agachó y extendió la mano hacia Richard diciendo -¿Te subes o te subo yo? – Ja ja, ¡yo me subo!- exclamó el humano. Mur no pudo evitar sonreír. Ya era una costumbre para él llevarlo en la comodidad de sus hombros. Cuando Richard llegó arriba, Mur se irguió de nuevo y comenzó a caminar lentamente, como meditando cada paso.
Ambos permanecían en silencio. Richard, de pronto, se encontró pensando sobre los pulak, lo extraños y a la vez fantásticos seres que son. Sobre su inexplicable comportamiento de género, y la simpleza con la que enfrentan la vida. Esbozó una sonrisa al pensar lo mucho que había cambiado su opinión sobre ellos desde que arribó a este lugar. Teniendo la enorme cabeza de Mur entre las piernas, solo pensaba que ocurriría si el resto del mundo supiera de la existencia de estas formas de vida, de este planeta. Era claro que la pregunta sobre la soledad del hombre en el universo, había sido contestada, pero el único que sabía la respuesta, no podía comunicarla al mundo.
Mur, caminaba sin rumbo fijo. Ya no sentía a Richard en sus hombros, estaba habituado a tenerlo ahí. Recordó la primera vez que lo vio, cuando Narset se lo entregó ordenándole ser su guardián. Mur lo tomó como un trabajo habitual, sin preocuparse siquiera de hacer algo más que mantenerlo con vida. No permitió que sus rutinas cambiaran por culpa del cachorro. Recordó el desdén y el desprecio con el que lo trató al principio, así como también la forma en que esta extraña criatura se fue ganando su afecto. Porque ahora, después de vivir tanto tiempo juntos, un fuerte lazo de cariño paternal propio de los pulaks, es lo que Mur sentía por Richard.
Mientras caminaba, Mur percibió que Richard acariciaba su cabeza, y una de sus orejas. El pulak cerró sus ojos un instante sin dejar de avanzar. El humano hace tiempo había dejado de ver a Mur como un “enemigo”. A medida que fue comprendiendo como se comportaban estas criaturas, dejo de temerles y fue introduciéndose poco a poco en su mundo. Había pasado del temor y el desprecio inicial, hacia el respeto y la amistad.
-Cuando era cachorro, vivía con mi madre, como todos los pulaks- dijo de pronto Mur. -Pero durante la guerra, un dragón atacó la aldea donde vivíamos. Casi todas las hembras y sus cachorros fueron muertos. Mi madre se interpuso entre el dragón y yo cuando nos atrapó. Ella murió defendiéndome. Yo sobreviví porque me cayeron escombros y quede inconsciente. Luego, dragones del bando contrario, me recogieron y me ayudaron. Nunca tuve lo que mis amigos de Amurga tuvieron. Nunca.-
En ese instante Mur dejó de caminar. Mientras miraba la espesura del bosque, suspiró profundamente. Richard estaba atónito. No sabía cómo reaccionar, ni que decir ante tal revelación. Luego de un instante, Mur continuó:
-Muy pocos saRichard esto. Únicamente los que están aquí… dentro- señaló, mientras ponía una mano en su pecho. Richard, que estaba sentado sobre los hombros, podía sentir la respiración del pulak agitada. De pronto éste, alzando la mirada, emite un fuerte rugido, el más largo y sonoro que el humano le haya escuchado a su guardián. El muchacho se asustó. La respiración del pulak seguía agitada. Richard trató de zafarse de sus hombros e intentar bajar, pero Mur rápidamente, le sujetó con su mano, y en voz baja le dijo:
- No te asustes-. Pasaron algunos minutos, antes que todo volviera a la calma. Mur ya no se sentía agitado. Richard, aún ignoraba que decir o que hacer. Hace un rato le había acariciado en la cabeza, pero ahora no estaba seguro de volver a hacerlo. El pulak, dando unos dubitativos pasos hacia atrás, se irguió en toda su estatura y luego, retomó su pesada marcha. Richard trataba de asimilar lo que había escuchado, pero aún no se atrevía a decir nada. Esperaba que Mur le contara lo que había hablado con el dragón.
-Perdón si te asusté- dijo de pronto Mur. -Te pido no cuentes a nadie lo que he dicho-. Richard, un poco sorprendido, replicó: -No, no tienes que disculparte. No le diré a nadie, no te preocupes-. El sinceramiento del pulak conmovió al humano, quien luego de una pausa, agregó: -Lamento mucho lo de tu madre. En verdad lo siento amigo- y, una vez más, volvió a acariciar su cabeza, como quien acaricia a una mascota. Reclinándose sobre ella, le dijo al oído: -Lo siento.
Delante, había un tronco de árbol caído. Mur se detuvo frente a él y se agachó para que Richard descendiera. El cachorro humano se paró sobre el madero, quedando su cara frente a la de su guardián.
-Quiero decir, ahora tú eres familia para este pulak- sentenció Mur mientras volvía a poner un puño en el pecho. Tras escuchar estas palabras, Richard bajó la mirada. Jamás hubiese imaginado que ese oso con cara de perro, tan arisco y bruto, podría decir tales cosas. Muchos pensamientos y sensaciones pasaban por su cabeza. No le era fácil ordenar las ideas.
-Bueno, cuando llegué aquí, estaba asustado, mucho. Me sentía solo. Muchas veces pensé en matarme, ¿sabes? Ilaria fue la única que me hizo sentir mejor. Me enseñó hablar como los pulak. Me trató con respeto y con mucho cariño. Pero ella estaba enferma y… Se fue, se fue muy rápido. Luego me trajeron contigo. El resto de la historia, tú ya la sabes…- Antes de que Richard terminara, Mur lo interrumpió: - Yo estaba furioso porque Narset me obligó a vivir contigo, yo no quería estar con nadie. Pero ahora, estas aquí dentro. Y no quiero que te vayas.
Al escuchar esto, Richard cerró los ojos, reconociendo el afecto que también sentía por Mur. Suspiró, y no pudo evitar la emoción. Alzando la vista, se percató que el pulak lo miraba con una leve sonrisa. Aquello también le hizo sonreír. Y en un espontáneo arrebato, se abalanzó sobre su guardián tratando de abrazarlo. Pero el cuerpo de Mur era demasiado ancho. Así, fue el propio pulak quien envolvió a Richard en sus brazos jalándolo contra sí. Ante tal muestra de cariño, el humano señaló:
-Eres la única familia que tengo desde que llegué a este mundo. Gracias grandote-. Mur posó su nariz con suavidad en la cabeza de Richard, impregnando su olfato de ese olor, tan familiar y ahora tan querido para él. El viento suave agitaba las ramas de los árboles del bosque, haciendo que la luz y la sombra jugaran sutilmente sobre aquellas dos figuras, fundidas en un sincero y cálido abrazo. Permanecieron así, un largo rato. Richard tenía los ojos cerrados, y por un instante, el calor de ese gesto genuino, le hizo olvidar el dolor, la pena y la angustia. Por primera vez en mucho tiempo, Richardito Acosta se sentía libre de aquellos sentimientos, como si su guardián fuera capaz de ahuyentarlos también.
Para Mur, aquello era la expresión del cariño que el muchacho había despertado, sin quererlo, en su corazón. Como cuando otros brazos le cobijaron a él, en ausencia de su madre, y ahora, le devolvía ese gesto a la vida.
Tras un largo rato, el pulak liberó a Richard. Este, aún emocionado, le dio las gracias por todo lo que había hecho y enseñado. Porque, obligado o no, Mur siempre se preocupó por él. Aunque Richard, al principio, cegado por la angustia y el dolor, no dejaba espacio sino para el temor y el desprecio.
-Yo también debo pedir perdón, no siempre pensé bien de ti. Pero poco a poco fui entendiendo que era yo quien debía adaptarme a tu mundo. Al pasar el tiempo, comencé a apreciarte, te veía ganar y perder en tus juegos deportivos, pero siempre luchabas con pasión. Hasta tus bromas me recordaban a veces que valía la pena vivir esta aventura. Gracias.
Mur sonrió por un instante, y colocó su mano sobre la cabeza de Richard, revolviendo sus cabellos cariñosamente. Pero su semblante cambió de pronto al señalar: - Ahora Narset dice que debes irte con los tarunel. Que ya no necesitas estar conmigo-. Tras afirmar esto, dio media vuelta y se sentó pesadamente sobre el tronco. Richard, luego un instante, se sentó también junto a él. Ambos miraban el suelo. El pulak con los pies en tierra, y el humano con los suyos colgando.
-Ya lo sabía. Irena, esa criatura tarunel y Narset me lo dijeron. Ellos vinieron por mí.- Mur, quien parecía un poco sorprendido, le miró incrédulo.
- ¿Lo sabías?
- Sí. Los tarunel hablan mi idioma, y Narset cree que ellos pueden ayudarme a entender por qué estoy aquí.
- Y ¿tú también lo crees?
- Sí
- Hmmm… En otro momento me hubiese alegrado por esto. Pero ahora no puedo. – Dijo de pronto el pulak.
Richard, comprendiendo el ánimo de su guardián, le dijo:
- Esto es algo que necesito hacer grandulón. Estaré bien. Debo saber si podré alguna vez regresar a casa.
Mur guardó silencio. Ahora que realmente le importaba el cachorro, debe dejarlo ir. Le preocupaba su seguridad. No conocía a los tarunel profundamente ni tampoco tenía amigos en esas regiones. Pero supuso que Narset jamás haría algo que pusiera en peligro a Richard. Luego de un rato, el pulak volvió a hablar.
- Muy bien cachorro, entonces vete, y espero que encuentres lo que buscas-. Tras decir esto, se levantó y comenzó a caminar de regreso a la casa, dejando al muchacho atrás. Richard, un tanto sorprendido con la molestia del pulak, se quedó un rato en silencio. Al mirar a Mur, comprendió finalmente el motivo de su postura cabizbaja. Era la expresión de tristeza por tener que separarse de él. – ¿De verdad está así porque me voy?, ¿Tanto le importo ahora? Mi familia debió quedar igual cuando me fui- pensó Richard para sí ¡por Dios!
Una angustia tremenda comenzó a invadirlo al evocar a sus padres. Ver a su amigo triste, le hizo pensar por primera vez, en el dolor que, seguramente, sintió su familia humana al perderlo. Con esa sensación dentro de sí, saltó del tronco y se aproximó unos pasos hacia Mur.- ¡Espera!- le gritó. – ¡No me iré para siempre, déjame hacer este viaje y volveré contigo! - Tras oír esto, el pulak se detuvo, dio media vuelta y observó que el muchacho tenía el puño en el pecho.
– ¡Porque tú también estás aquí!- Ante el gesto y esas palabras, el gran soldado y orgulloso luchador Mur Arbak no pudo evitar la emoción. Cerró sus húmedos ojos un instante y esbozó una leve sonrisa. Luego, suspiró profundo antes de decir:
¡Grrrr muy bien humano!- Anduvo unos pasos hacia Richard, sonriente.
Cuando estuvieron frente a frente, se agachó a la altura de su protegido, quién, poniendo la mano en su hocico, le señaló: - Es una promesa, grandulón-. Mur asintiendo con la cabeza, y en un gesto espontáneo de afecto, lamió toda la cara de Richard. El muchacho, quien nunca había recibido un lengüetazo tan húmedo, exclamó en su idioma – ¡Chucha! ¿Era necesaria esta mierda? - Pero como Mur no entendió, pensó que estaba bien, e intentó seguir lamiéndolo. Sin embargo, el humano lo detuvo con las manos. – ¡Tranquilo amigo! - Le dijo al pulak cordialmente. Éste, aún excitado, agarró a Richard y lo puso sobre uno de sus hombros. – ¡Volvamos a casa! - exclamó mientras reiniciaba el regreso al hogar con el muchacho a cuestas. Richard, por primera vez, no protestó. Ya se había acostumbrado a estos gestos de “cariño” de su bruto guardián. Mientras miraba los pies del pulak avanzar en el suelo, nunca pensó que podía llegar a convertirse en alguien tan importante para él. Esto, y el próximo viaje con los tarunel, le daban cierta esperanza de recobrar nuevamente el sentido de vivir en ese planeta. Para Mur, saber que su cachorro también lo quería, y que volvería a verlo, le ayudaba aún más a superar esa sensación de abandono, forjada en la sombra de su terrible pasado. Aunque le preocupaba su seguridad, ya no temía perderlo. Porque finalmente, sentía algo que nunca había experimentado con alguno de sus amigos: Que juntos, eran una verdadera familia.
Art by Nicolás Peña
Category Story / Fantasy
Species Bear (Other)
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I'd get mixed emotions if I found out about anthropomorphic bears out in the universe.
But that dragon sure would've given humanity a really bad first impression. Although I
understand the serious tone of your story, I can't help but imagine people wishing they could be in Richard's place and call Mur their "daddy", and I'm sure they would protect him, too.
But that dragon sure would've given humanity a really bad first impression. Although I
understand the serious tone of your story, I can't help but imagine people wishing they could be in Richard's place and call Mur their "daddy", and I'm sure they would protect him, too.
Well, this story tries to be as realistic as possible, in terms of the character's position in front of what happens to him. A person who disappears from our world and suddenly appears in a totally different world, with strange, large creatures, who do not understand your language, it is a terrible shock. So, the character tries to adapt to his new reality.
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