Bajo la luz anaranjada de los faroles, Checo caminaba sin prisa por el sendero que llevaba a su casa. Era una de esas tardes tranquilas de final de verano, en las que el aire huele a tierra tibia y a lluvia que se anuncia desde lejos. HabĆa terminado su turno en la biblioteca del barrio y traĆa todavĆa en la espalda el cansancio amable de un dĆa sencillo.
A sus diecinueve aƱos, solĆa disfrutar de esos trayectos, porque siempre encontraba algo bonito: el aroma de las panaderĆas cerrando, algĆŗn hĆbrido ave-humano plegando sus alas en un balcón, un par de vecinos saludando con cariƱo. El mundo era un lugar pacĆfico, donde humanos e hĆbridos convivĆan sin miedo, sin prejuicio, como si asĆ hubiera sido siempre.
Fue justo en medio de esa calma cuando escuchó un sonido tan suave que casi lo confundió con el viento. Un maullido diminuto, tembloroso⦠como si se estuviera rompiendo. Checo se detuvo al instante, ladeó la cabeza y afinó el oĆdo. Otro maullido, un poco mĆ”s desesperado, le hizo girar sobre sus talones.
VenĆa desde un pequeƱo jardĆn descuidado a un lado de la calle, donde los arbustos crecĆan enredados y las flores se mecĆan pesadas por la humedad del ambiente.
Sin pensarlo dos veces, Checo se acercó, apartando ramas con cuidado, hablando con ese tono dulce que siempre habĆa tenido para los animales.
āHey, pequeƱito⦠estoy aquĆ, no te voy a hacer daƱo⦠todo estĆ” bien, ĀæsĆ? āsusurró.
El maullido se repitió, mĆ”s dĆ©bil. Checo sintió que algo en su pecho se apretabaāuna mezcla de preocupación y ternuraāy se agachó, buscando entre las sombras verdes. Entonces lo vio.
Un gatito hĆbrido, diminuto, no mayor a unos meses, con un pelito dorado como miel reciĆ©n hecha. TenĆa las orejitas gachas, el cuerpo encogido en un intento torpe de protegerse del frĆo, y los ojos⦠enormes, azules, asustados, brillando como si contuvieran un mar entero de miedo. Sus garras estaban enganchadas en una rama baja, y su respiración era inquieta y cortita.
āAy, mi amor⦠āmurmuró Checo, sintiendo un vuelco en el corazónā. ĀæQuĆ© haces aquĆ solito?
El cielo retumbó en respuesta, un trueno lejano que anunciaba que la lluvia estaba a minutos de caer. El gatito dio un saltito del susto y soltó un maullido tan frĆ”gil que Checo sintió que se le humedecĆan los ojos.
Con la calma de quien sabe que la confianza se gana despacio, extendió la mano, abierta y sin amenazas.
āEstĆ” bien, chiquito⦠no te voy a lastimar. Te prometo que vas a estar bien.
El gatito olfateó el aire, temblando. Y luego, con una valentĆa microscópica, dio un pasito hacia adelante. Checo sonrió, cĆ”lido, y aprovechó para levantarlo con sumo cuidado, sintiendo lo livianito que era, lo tibio, lo vulnerable. El pequeƱo Maxāporque ese serĆa su nombre sin que Checo lo supiera todavĆaāapoyó la cabecita en su pecho y soltó un maullito agotado, casi un suspiro.
Checo lo abrazó contra su cuerpo, protegiéndolo del viento que ya empezaba a arremolinar las hojas.
āVamos a casa, tesoro. No te voy a dejar aquĆ bajo la lluvia. Te voy a cuidar⦠te lo prometo.
Checo llegó a casa casi corriendo cuando la lluvia empezó a caer con mĆ”s fuerza, cerró la puerta con el pie y, sin soltar al pequeƱo, fue directo a su cuarto. Todo estaba tibio allĆ, perfumado con el olor suave de las velas que habĆa encendido temprano. Depositó al gatito sobre su cama, pero enseguida pensó que podĆa asustarse con tanto espacio, asĆ que revolvió un momento entre sus cosas y sacó un par de mantas suaves que siempre usaba en invierno. Las acomodó con mimo, formando un pequeƱo āniditoā, mullido y protector, como una casita temporal hecha de cariƱo.
Con extrema delicadeza dejó al gatito dorado allĆ, y el pequeƱo instantĆ”neamente se encogió en el centro, hundiendo su carita en la manta como si hubiera encontrado por fin un refugio que no le exigiera nada.
āEso es⦠estĆ”s seguro, mi amorcito āsusurró Checo, sentĆ”ndose a su lado.
Antes de ir a buscarle comida, lo revisó con la luz cĆ”lida de su lĆ”mpara. No estaba sucio, ni lastimado, sus patitas se movĆan sanas y suaves. Su pelito olĆa a hierba hĆŗmeda, como si hubiera estado escondido muy poco tiempo. Era como si lo hubieran abandonado reciĆ©n, todavĆa tibio, todavĆa esperando que alguien volviera por Ć©l. Y aquella idea le apretó el corazón de un modo insoportable.
El gatito lo miró con esos ojazos azules enormes, parpadeando lento, y Checo acarició la cabecita con los dedos.
āNo⦠tĆŗ ya no vas a estar solito. Te lo juro āle aseguró en voz baja, con una ternura que casi dolĆa.
Se levantó solo un momento. En la cocina buscó en la alacena hasta encontrar una pequeƱa caja donde guardaba cosas viejas: vendas, una cajita de fósforos, un par de cucharitas para remedios⦠y la mamila diminuta que habĆa usado hace meses para alimentar una ardilla bebĆ© que habĆa caĆdo de un Ć”rbol. La lavó con cuidado, la dejó lista, y luego abrió el paquete de leche especial para hĆbridos jóvenes que siempre tenĆa en casa āpor si acasoā. Checo era de esos que nunca podĆan ignorar a un animalito en necesidad.
Calentó la leche con atención, ni un grado mÔs ni un grado menos, removiéndola con paciencia hasta que estuvo tibia, perfecta.
āYa voy, pequeƱito āmurmuró mientras caminaba de regreso al cuarto, sintiendo un calor extraƱo en el pecho, un cariƱo repentino por ese gatito que ni siquiera sabĆa cómo habĆa llegado a su vida.
Cuando entró, el pequeƱo Max habĆa levantado un poco la cabecita del nido de mantas, como si supiera que Ć©l venĆa. Sus orejitas doradas temblaron apenas, y sus ojos siguieron a Checo con un brillo dulce y esperanzado.
āTengo comida para ti ādijo Checo sonriendo, sentĆ”ndose despacio junto al niditoā. Vamos, mi amor⦠tienes que comer un poquito.
Acercó la mamila con suavidad, rozando apenas la boquita del gatito. Max olfateó un momento, dudando⦠y luego dio un primer chupito tiny, tĆmido, que hizo que a Checo se le ablandara todo el corazón.
āEso⦠muy bien, precioso⦠āsusurraba, acariciĆ”ndole detrĆ”s de las orejitas para que se sintiera seguro.
El gatito empezó a comer con mĆ”s ganas, apoyando una de sus patitas diminutas sobre los dedos de Checo como si necesitara ese contacto para no perderse, para estar seguro de que Ć©l no se irĆa.
Y Checo no pensaba moverse ni un centĆmetro.
No mientras ese pequeƱo ser dorado lo necesitara tanto.