BOSQUES
Fowles ama los árboles y los bosques. Ese caos verde, como él mismo lo denomina. El bosque, para Fowles, es el desorden, lo salvaje, la libertad, el silencio y el aprender a vivir a otro ritmo, más pausado, atendiendo a lo que sucede, por insignificante que nos parezca.
Con él rescaté de mi memoria mis propios bosques. Si te adentras en ellos y permites que te envuelvan descubres que cada bosque es diferente, único. Las pinedas mediterráneas del sur de Menorca, perfumadas de romero y tomillo, te ofrecen su preciada sombra cuando te diriges a alguna cala escondida en la que refrescarte; la Selva de Irati, un refugio pirenaico de hayas y abetos, en la que resulta placentero hundir los pies en otoño, cuando las hojas han empezado a cubrir el sotobosque, uniformándolo de un marrón cálido; más lejos, los increíbles bosques de Finlandia, infinitos, por donde le gustaba perderse al compositor Jean Sibelius. El suelo especialmente rocoso y cubierto de líquenes se alterna con claros verdes con abundantes bayas y setas de todos los tamaños y colores imaginables. Las coníferas, los abetos y los pinos se erigen majestuosos hacia el cielo de un azul mortecino.
JARDINES
A pesar de propugnar su especial amor por los bosques, Fowles afirma que la humanidad no ha sido capaz aún de llegar a conectar con la naturaleza de una forma genuina, ya que o bien la observa como algo a lo que sacar un provecho o bien la usa con un fin terapéutico, para desconectar de la velocidad frenética de la cotidianidad urbana. Ejemplo de ello son, para Fowles, los jardines.
Los jardines representan ese intento de dominar la naturaleza, dándole orden, podando lo salvaje y lo instintivo, anulando el descontrol que tanto temen las sociedades contemporáneas. Esta visión, heredera del racionalismo que se desarrolló en los siglos XVII y XVIII en Europa se reflejó en el diseño de los jardines del palacio de Versalles, ejemplo paradigmático del jardín francés, copiados, entre otros muchos, por los jardines del Palacio de Schönbrun en Viena. Uno de los jardines que más me gustan, de este estilo, son los del Palacio de Mirabell en Salzburgo, y también los del actual Museo Rodin de París, ubicado en el Hôtel Biron, que data del siglo XVIII, quizá este último por no ser tan extenso y, por ende, más acogedor.
No obstante sería una afirmación muy simplificadora limitar el concepto de jardín a una época determinada, derivado de un modelo de pensamiento concreto. El gusto por los jardines acompaña al hombre desde épocas remotas. Así, durante el Renacimiento, las villas italianas emularon a las villas romanas y su interés por estos espacios verdes cuidadosamente planificados; los pobladores del Al-Ándalus se ocuparon especialmente el diseño de los jardines de sus palacios, pensemos en la Alhambra y el Generalife; y a finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX, con la irrupción del Romanticismo, el jardín inglés y la necesidad de cierto desorden artificial adquirió protagonismo.
Como el autor, nacido en el condado de Essex, en una casa con un pequeño jardín trasero, mi casa de la infancia también tenía un jardín en el que solíamos jugar. Recuerdo el sauce llorón, la belleza de la flor del magnolio en primavera, el violeta oscuro de las hojas del ciruelo y el cedro imponente. Los fanalillos de inspiración morisca llegados del sur lo iluminaban de noche, dándole un aire fantasmagórico, atrayente.
Mi jardín actual sigue en construcción. Un par de árboles cítricos, un manzano y unos ciruelos que dan fruto, un cerezo que es un espectáculo durante la floración, el jazmín que con su aroma nos acompaña durante las noches de verano y el granado del vecino que me gusta observar desde la ventana.
LA NATURALEZA Y EL ARTE
Habiendo expresado su preferencia por los bosques, John Fowles compara el crecimiento de un bosque con el proceso creativo. Las reflexiones que realiza sobre la sensibilidad artística, la crítica al utilitarismo como eje en el que se basa la sociedad occidental actual y la reivindicación del ecologismo como elemento al que deberíamos prestar más atención, hacen de este pequeño ensayo un libro precioso que contiene, en mi opinión, mucha verdad que suele ser silenciada.
Es uno de esos libros que me gustaría que se leyera en las escuelas. Tal vez, entonces, disfrutaríamos de un mundo diferente.