David Carrasco's Reviews > Yonqui

Yonqui by William S. Burroughs
Rate this book
Clear rating

by
110257118
's review

really liked it

¿Y si el infierno fuera más aburrido que aterrador? ¿Y si, en lugar de gritos y llamas, todo oliera a desinfectante barato, a sudor rancio y a desesperación diluida en metadona?

William S. Burroughs publica Yonqui, esa especie de diario clínico de una caída sin red, en 1953. Y lo hace casi por accidente, como quien se deshace de una prueba inculpatoria. Es el primer vómito literario de alguien que ni siquiera estaba seguro de querer explicarse. No es una novela en el sentido clásico: no hay clímax, no hay redención, ni siquiera un intento claro de construir un personaje entrañable. Lo que hay, eso sí, es una voz —seca, distante, casi médica— que nos guía por los sótanos de la adicción con una lucidez que da miedo. Yonqui no intenta conmoverte. No hay lágrimas. No hay música triste. Solo el zumbido constante del sistema nervioso descomponiéndose, y un narrador que lo relata todo como si estuviera escribiendo un informe, no una confesión.

La historia —porque algo de historia hay— sigue a William Lee, alter ego de Burroughs, desde Nueva York hasta la frontera con México, en una ruta que es más mental que geográfica. Pero lo que importa aquí no es el viaje físico, sino el mapa del deterioro, de la obsesión con la aguja, con el polvo, con ese momento suspendido en el que todo deja de doler... para volver a doler más tarde. Lee no se explica, no se justifica, no pide perdón. Solo observa. A veces parece que ni siquiera siente. Y ese es el truco más inquietante del libro: la indiferencia.

Y lo peor es que esa indiferencia no se queda en el personaje, se mete en las frases, se cuela en cada coma. Burroughs escribe con una frialdad metódica, como quien redacta partes de guerra: sin adjetivos de más, sin juicios. Una prosa tan fría que si la tocas, te quemas. Frases limpias, desinfectadas. Tan neutras que parecen clínicamente muertas. Es un lenguaje que no intenta embellecer ni dramatizar; todo lo contrario. Narra la adicción como quien describe el montaje de un mueble de Ikea: paso uno, busca al camello. Paso dos, calienta la cuchara. Paso tres, desaparece. Hay una precisión casi entomológica, como si estuviera diseccionando su propio cadáver mientras aún respira. Y ese desapego, lejos de alejarte, te atrapa. Porque sabes que no hay adorno, no hay pose. Solo hay verdad. Cruda, sucia, casi burocrática.

Pero lo más perverso es que Yonqui no es una novela sobre la droga en sí, sino sobre la necesidad. No es solo la heroína: es la rutina, la búsqueda, la ansiedad del vacío. Hay algo monástico en el modo en que Lee organiza su vida en torno a la próxima dosis. No hay caos, hay método. Y eso es lo más terrorífico. El yonqui no es un loco descontrolado. Es un oficinista del dolor, alguien que ha hecho de su adicción un sistema operativo. En eso recuerda a El jugador de Dostoievski, donde la dependencia también tiene reglas, cálculos, rituales. Pero donde en Dostoievski hay un pulso de desesperación luminosa, aquí solo hay una maquinaria de sombras sin respiro ni gracia.

Los personajes secundarios —y sería generoso llamarlos así— no importan por quiénes son, sino por lo que representan. Son sombras que entran y salen, sin historia, sin identidad, como los extras de una película porno que nadie recuerda. A veces ni siquiera necesitan una frase para existir: un gesto, una mirada, una línea maldita y ya están definidos. Burroughs no los describe; los deja caer. Y el lector los reconoce al instante, como si se los hubiera cruzado mil veces en una noche larga de resaca. Incluso cuando hablan, lo hacen como si pasaran lista: frases secas, administrativas, casi telegrafiadas. Pero si te fijas, lo que está en juego no es solo el próximo chute, sino una crítica soterrada al sistema judicial, a la policía, a ese teatro absurdo que finge perseguir al narcotráfico mientras se ensaña con los que ya están en el suelo. En algún momento uno se pregunta si no son, en realidad, fragmentos del propio Burroughs, delirios multiplicados de su yo en retirada.

Todo en la novela está atravesado por esa lógica del derrumbe. Y esa misma descomposición se filtra en la estructura del libro. Yonqui es una especie de memoria dispersa, más cercana al cuaderno de campo que a la narrativa tradicional. No hay trama porque no hay progreso. Solo recaídas, huidas, silencios. Es un libro que parece escrito en los márgenes de otro libro que nunca se llegó a escribir. Y sin embargo, funciona. Porque esa falta de estructura es el espejo exacto del mundo que retrata. Caótico, sin centro, sin propósito. Como si el propio lenguaje estuviera enfermo.

Y sin embargo, cuando uno termina, la sensación es otra. Porque tras ese desfile de fantasmas burocráticos, lo que queda no es una novela, sino una radiografía. Aunque comparado con el resto de la obra de Burroughs, Yonqui resulta casi convencional. Después vendrán El almuerzo desnudo y su delirio lisérgico, sus híbridos de ciencia ficción, sexo y entropía. Pero aquí todavía estamos en la fase clínica. No hay collage, ni automatismo, ni criaturas mutantes. Solo una voz que observa. Si Burroughs fuera pintor, Yonqui sería un boceto hiperrealista antes del estallido abstracto. Pero incluso ese boceto ya está contaminado. No hay moral, no hay denuncia, no hay moraleja. Solo un espejo. Turbio pero revelador.

¿Se puede comparar con otras novelas sobre adicción? Tal vez con En el camino de Kerouac pero sin la euforia. Aquí no hay beatitudes ni libertad, solo servidumbre. Yonqui es el reverso absoluto del romanticismo drogadicto: no hay glamour, solo rutina. Si Trainspotting es una rave con cuchillas, esto es un ambulatorio donde nadie pregunta tu nombre. Y si uno lo piensa bien, Burroughs ya anticipa esa estética mucho antes de que Irvine Welsh naciera: la del cuerpo como cárcel y la mente como celador ausente.

Pero también hay algo profundamente americano en Yonqui: esa compulsión de registrarlo todo, incluso lo que debería permanecer oculto. La droga como fenómeno social, como mercado, como jerga, como institución. Y el adicto como microempresario de su propio deterioro. A ratos parece que has leído más sobre precios, dosis y calidades que en cualquier tratado económico. Y eso es parte de su rareza: la adicción como economía sumergida. El yonqui como pequeño capitalista del olvido.

Lo que queda, al final, es una sensación extraña. No hay admiración ni repulsión. No hay apología. No hay mensaje. Solo un desmontaje meticuloso de esa pedagogía del miedo que te contaban en el colegio: que un solo chute bastaba para perderte para siempre. Burroughs lo desarma sin dramatismo, con hechos desnudos y una lucidez que hiela. Hay una especie de respeto helado aquí. Como si hubieras asistido a una confesión sin lágrimas, sin culpa, sin redención. Solo alguien que te dice: esto es lo que soy. Y tú, como lector, lo aceptas. No porque lo entiendas, sino porque no puedes negarlo. Burroughs no moraliza. Solo apunta. Y en esa frialdad hay una afirmación brutal: esto también es libertad. Yonqui es eso: un testimonio que no pide ser creído ni amado. Solo leído. Y en ese gesto, seco y honesto, hay más literatura que en muchas novelas llenas de adornos y buenos sentimientos.

Así que sí, quizá el infierno no tenga gritos. Quizá huela a éter y tenga lámparas fluorescentes. Y quizá Burroughs, con su voz de notario del abismo, nos lo haya mostrado como nadie. Burroughs no te dice lo que está bien. Solo te recuerda que la libertad, si es real, también incluye el derecho a arruinarte tú solito. Sin gritar, sin llorar. Solo escribiendo. Porque a veces la verdad más insoportable no necesita dramatismo. Solo alguien que no parpadee mientras la cuenta.
32 likes · flag

Sign into Goodreads to see if any of your friends have read Yonqui.
Sign In »

Reading Progress

April 25, 2022 – Shelved
April 25, 2022 – Shelved as: to-read
June 1, 2024 – Started Reading
June 3, 2024 – Finished Reading

Comments Showing 1-5 of 5 (5 new)

dateUp arrow    newest »

message 1: by María (new)

María Carpio Excelente reseña. Por ahí puede tener algo que ver con otra novela sobre adictos, La broma infinita, aunque su particularidad la hace incomparable, no sé si la has leído.


David Carrasco María wrote: "Excelente reseña. Por ahí puede tener algo que ver con otra novela sobre adictos, La broma infinita, aunque su particularidad la hace incomparable, no sé si la has leído."

Muchas gracias por tus palabras, María. Sí, ambas novelas comparten la adicción como eje, pero ojo, porque lo que hace única a cada novela las distancia como la noche del día. Yonqui es un disparo en la cabeza: seco, clínico, implacable, un diario de colapso que te deja mirando el vacío. La broma infinita, en cambio, es un laberinto interminable de humor negro, neurosis y trampas sociales; absorbe, confunde y desafía de otra manera, con personajes que respiran y sufren en cada página. Yonqui te muestra la adicción como sistema; La broma infinita como experiencia vital total, con todo su caos y sus reglas absurdas. Ambas despiertan, pero cada una a su manera. Quizá compartan temática, pero son formas radicalmente distintas de golpearte.

Gracias por pasarte por aquí, María. ¡Un saludo!


message 3: by Julio (last edited Oct 01, 2025 11:20AM) (new) - rated it 5 stars

Julio The Fox Burroughs y Ginsberg pasaron la vida en busca del ultimo "high". Has leido THE YAGE LETTERS, David?


David Carrasco Julio wrote: "Burroughs y Ginsberg pasaron la vida en busca del ultimo "high". Has leido THE GAGE LETTERS, David?"

Julio, sí, esa búsqueda del “último high” fue casi su brújula vital. No he leído The Yage Letters. Lo tengo fichado, pero aún no me he lanzado —me da la impresión de que es más una rareza epistolar con chispazos de delirio que una obra redonda. Pero justo por eso me intriga: ese viaje por la selva amazónica en busca del yagué suena a Burroughs en modo alquimista loco. ¿A ti qué te pareció, me lo recomiendas?


Julio The Fox O arqueologista loco, David. Yo recomendo THE YAGE LTTTERS como el intercambio epistolar de dos figuras que transformaron la literatura americana, ambios siendo bastante repugnante como seres humanos.


back to top